Ahí los tienes, retozando en el agua... Menos mal que no me apellido Borbón, que si no me estarían entrando unas ganas tremendas de pegarles cuatro tiros... Mi padre me dejó en herencia unos apellidos, pero sobre todo me legó unos principios. A mis 50 años es demasiado tarde para cambiarlos por otros. A esta edad uno ya sabe lo que va a ser de mayor y no puede disfrazar su forma de ser. Vivir a cuestas con la conciencia es, a veces, una carga pesada. En casa me enseñaron que hablar de política era peligroso. Mi padre aprendió esa lección durante la Guerra Civil. De mi abuela paterna heredé también un nombre, unos apellidos y una mala costumbre: decir lo que pienso. Mi padre se vio obligado en varias ocasiones a llevar a su madre el desayuno al calabozo del pueblo en el que les pilló la guerra en julio del 36. Entre los barrotes le colaba un recipiente con leche recién ordeñada. 25 años después a mí me tocó nacer en Madrid, donde mi padre era dependiente de comercio en una sastrería. Al...